Lema Pastoral

 

LOS POBRES SON EVANGELIZADOS (Lc 7,21-23)

«En aquel momento Jesús curó a muchos de sus enfermedades, dolencias y malos espíritus, y devolvió la vista a muchos ciegos. Después les respondió: “Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena noticia; y dichoso el que no encuentre en mí motivo de tropiezo».e en mí

INTRODUCIÓN:

Llega el momento en el que brota de nuestros labios la palabra gracias. Hemos ido viviendo un itinerario de tener los cinco sentidos fijos en el Maestro, de identificarnos con Él, de llenarnos de su mismo espíritu, de anunciar su mensaje por todo el mundo y ahora el Señor nos llama y envía para trabajar en su mies, nos capacita para vivir su misma misión: evangelizar a los pobres. Más en concreto, me invita a optar por el hombre, en concreto por el pobre.

Durante este año entraremos en un proceso donde hay que sentirse evangelizado para evangelizar, hacerse mendigo, pobre para acercarse al pobre, ser uno con él. Si durante este año nos sentimos desanimados, tristes, perdidos, que esta misión supera nuestras fuerzas recordemos sus palabras: “Tú eres para mí un instrumento escogido, llevarás mi nombre a las naciones paganas” (Hech 9,15). No vamos solos por el camino de la vida, no son nuestros puños, ni siquiera nuestra buena voluntad lo que hará que las cosas sean mejor.

Por eso estamos alegres y nos lanzamos hacia lo que está por delante: una mies abundante, unos destinatarios concretos ¿Te sientes enviado? ¿Crees que tienes una misión que realizar? ¿A quién eres enviado? Recuerda que la fe se fortalece dándola y que tu amistad con Jesús crece cuando sales al encuentro de los demás. Deja que Él ponga sus manos sobre ti y te unja de nuevo con el don de su Espíritu.

Los pobres son evangelizados: Jesús expresa así la profecía que salva, aquella que ya predijo Isaías. Es un hecho que no da para soñar, sino una promesa de siglos realizada ante sus contemporáneos.

“Id a decidle a Juan...” Este pasaje para nosotros es un eco para dar cauce y vida a una misión cuyo empuje, se enraíza en las palabras del Maestro. Es la señal de que el Reino ha llegado, la promesa se ha cumplido. Es la señal de que la palabra se fortifica y se despliega por el mundo formando torbellinos imparables de vida.

La señal visible de lo pronunciado es “los que no figuran, los que no cuentan son bañados, liberados, sanados por la verdad de su enseñanza”. ¿Hemos cerrado los ojos para contemplar, penetrar, vibrar con el corazón que la persona del Maestro nos lanza a multiplicar su doctrina?

¿Hemos soñado siquiera en nuestra misión “ser portadores” de este mandato? Dejemos que el Señor nos enamore en el Ahora... Es amor concreto que une el espacio y el tiempo mesiánico del Aquí y Ahora. Hagamos de los pobres, al modo del Maestro, el objeto de nuestra entrega, el centro de nuestra vida.

El Divino Maestro, por la evangelización a los pobres, nos envía a formar hombres en la medida del hombre, Cristo. Estamos llamados con caracteres indelebles a ser y a vivir la misma pedagogía del Divino Maestro cuando trataba con los pobres. Estamos llamados a ser como nuestro Maestro, pedagogos que traslucen a Cristo y esto nos empuja, nos urge a la obra educadora, en forjar a nuestros alumnos, de impregnarles de los valores de Jesús, el hombre nuevo. La misión de educar a los pobres nos lleva a la unión con el Maestro.

Durante este año no olvidemos que los pobres nos evangelizan, ayudándonos a descubrir cada día la belleza del Evangelio. No echemos en saco roto esta oportunidad de gracia. Sintámonos todos, deudores con ellos, para que tendiendo recíprocamente las manos, uno hacia otro, se realice el encuentro salvífico que sostiene la fe, hace activa la caridad y permite que la esperanza prosiga segura en el camino hacia el Señor.

DESDE EL HOY...

Cuando hablamos de pobreza habitualmente nos viene a la mente la imagen de personas que no tienen lo necesario para vivir dignamente. La pobreza es la cualidad del pobre, del que no tiene medios económicos para satisfacer sus necesidades básicas, cuidar, ofrecer un techo y alimentar a sus hijos. Pero hay otro tipo de pobreza, la de quien teniendo muchos bienes económicos, no se tiene a sí mismo. Podemos hablar en ese caso de una pobreza vital.

La pobreza se asocia a muchos ámbitos de la vida. Sin duda la que afecta a las necesidades básicas es el estado más grave, pero la pobreza también puede afectar al área intelectual, social o emocional... y esta pobreza también mata.

La pobreza intelectual se refiere a la escasez de recursos elementales para vivir, es decir, la capacidad para pensar, analizar, reflexionar y comprender la información que se nos ofrece y las distintas circunstancias que se nos presentan en la vida. El tener acceso a una educación de calidad, es lo que permite que la persona pueda conocer, comprender y entender lo que ocurre a su alrededor y desarrollar sus propios criterios e ideas.

¿Con qué tipo de información crecen nuestros niños y jóvenes? ¿Qué mensajes transmiten las televisiones y redes sociales de las que no se despegan? ¿Fomentan la comunicación, la empatía, la escucha, la solidaridad, la creatividad, el esfuerzo, la constancia o la crítica constructiva?

La pobreza social es el fruto de la pobreza intelectual. Cada uno construimos la sociedad a la que pertenecemos; la convivencia y la democracia necesariamente comienzan por la libertad y la independencia personal, sin embargo, cuando los niños y jóvenes crecen en ambientes en los que se les priva de poner en juego sus opiniones o se les juzga o castiga por ellas ¿qué tipo de sociedad es la que van a construir?

Es desde la escuela y los centros de formación, desde donde tenemos que garantizar la cultura, incentivar el desarrollo cognitivo y generar hábitos para evitar la muerte social. Tenemos la obligación de trabajar todos juntos para crear una sociedad madura, porque solo así seremos capaces de afrontar las diversas situaciones que se presentan, tomar decisiones que respeten la justicia y el derecho como seres humanos, apreciando y aceptando la diversidad que nos enriquece.

La educación ayuda a progresar, si bien no lo garantiza; pero la falta de ella sí asegura la exclusión y, en ciertos casos, promueve la delincuencia, la drogadicción y la violencia en general, pues las personas inmersas en estos contextos también son pobres en ideales y esperanzas, es decir, en expectativas de futuro.

La pobreza emocional es la que tienen las personas con carencias afectivas en los distintos ámbitos de su vida, ya sea familiar, de pareja o de vida social. Cuantas más áreas de la vida estén carentes de afectividad más empobrecimiento emocional. Podemos encontrar el germen del empobrecimiento emocional ya en la primera infancia que puede dar lugar, por un lado, al desarrollo de estructuras de desapego emocional, que se traduce en: falta de manifestaciones afectivas, carencia de amor incondicional, vivencias traumáticas, falta de la presencia de los padres, falta de límites, consumismo como sustituto de espacios compartidos de calidad en la familia... Por otro lado también puede desarrollarse un apego excesivo que impide a la persona desarrollar su autonomía y su independencia, al sentirse limitada y llena de miedos, sin atreverse a ser quien en realidad es ni a desarrollar sus capacidades.

También somos pobres emocionales cuando no nos permitimos conectar, expresar y experimentar nuestros sentimientos, sobre todo el enfado, la rabia o la tristeza y los reprimimos, porque no hemos aprendido a manejarlos ni sabemos cómo enfrentarnos a estos sentimientos incómodos, que seguramente, han estado censurados en nuestro entorno más cercano. Cuando esto ocurre, desarrollamos infinidad de mecanismos para apartarlos, camuflarlos o directamente excluirlos de nuestro repertorio y desarrollarnos otros mecanismos sustitutos, como son el tratar de evitarlos, muchas veces a través de comportamientos compulsivos, hábitos adictivos, racionalizaciones para pasar página lo más rápido posible. O buscamos soluciones exprés, sin el análisis y la valoración de las consecuencias adecuados, que nos ocasionan problemas añadidos, mecanismos que nos empobrecen y nos pasan facturas muy altas en nuestras relaciones personales e interpersonales.

Existe también una pobreza espiritual negativa: es la ausencia de los bienes del espíritu y de los valores humanos. La sensibilidad no existe, los valores y las virtudes se han extinguido; no hay amor, ni esperanza, ni fe; no hay un horizonte, la vida no importa, la existencia es oscura, el hombre -¿quién es?-, no han sido amados ni saben amar: Dios no existe.

Decía Platón que “la pobreza no viene por la disminución de las riquezas, sino por la multiplicación de los deseos”. Hay personas sin dinero muy ricas de corazón y ricos muy pobres de afectos. No es más rico aquel que tiene más dinero, posesiones o estatus; rico es aquel que se tiene a sí mismo, se respeta y respeta a los demás, es aquel que cuenta con el cariño de sus amigos, que es generoso y pone amor en sus palabras y en sus actos, que es congruente con lo que piensa, siente y hace.

Rico por dentro es aquel que comprende las vivencias de los demás sin juzgarlas ni criticarlas y sin hacer leña del árbol caído. Es aquel que sabe sacar enseñanzas de sus experiencias negativas, que mira cada día como si fuera nuevo y quita el celofán que lo envuelve con la ilusión de un niño el día de Reyes.

Igual que la belleza está en los ojos de quien mira, la riqueza personal se halla en los ojos que saben mirar lo mejor de cada momento y sacar partido de ello. Para conseguirlo es necesario estar presente. Una persona rica no sobrevive, vive con mayúsculas, sean cuales sean las circunstancias que tenga, porque sabe que su riqueza no se la puede arrebatar nadie.

Somos ricos cuando nos hacemos conscientes de que somos seres únicos e irrepetibles y tenemos una misión también única y personal que solo podemos realizar cada uno, que plenificará nuestra vida y que si no la realizamos se quedará sin hacer. Es esa conciencia de misión la que nos conecta con nuestra fortaleza y nos impide caer en el vacío, la depresión, el conflicto de valores... Es la que nos hace sentirnos ricos aún en las peores circunstancias, porque parte del amor incondicional hacia nosotros mismos y hacia todas las personas.

Lo que nos importa ahora, si queremos que el mundo cambie en profundidad, es compartir, tomar conciencia de los problemas, aceptar la propia responsabilidad, denunciar, educar y sensibilizar en la necesidad de asumir cambios reales en nuestros estilos de vida. Significa hacer vida lo que el mismo Jesús hizo... “evangelizar a los pobres”... y todos llevamos algo de pobre por dentro.

Pero todo cambia si hablamos

de pobreza espiritual...

En las bienaventuranzas, el mayor programa de felicidad que podemos escuchar, Jesús nos dice: “Felices los pobres, felices los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”.

No hay entrada para nosotros en el Reino de Dios si no somos pobres de espíritu. Porque la pobreza es la primera condición para ser accesible, permeable a Dios. Ella es el punto de partida de la vida cristiana. Si no somos pobres espiritualmente, no estamos en la fe.

Sabemos que la pobreza de alma no es una cuestión del dinero, sino una cuestión del corazón. La pobreza evangélica es una actitud espiritual, y todos somos invitados a ella prescindiendo de nuestros bolsillos. ¿Qué significa entonces la pobreza espiritual? El pobre está dispuesto a dejarse poner en duda, dejarse cuestionar por Dios, siempre de nuevo. Él acepta dejarse arrojar de sus posiciones, de sus estructuras, de sus principios, de todo lo que le es propio. Felices los que están convencidos de que nadie es dueño de sí mismo y que Dios puede pedirlo todo.

Sólo el pobre sale de sí mismo, se pone en camino. Es el que no se resigna a estar tranquilo, el que acepta ser molestado por la palabra de Dios. Por eso, Abraham fue el primer pobre, el primer fiel a la voz de Dios, cuando Dios le dijo: “Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré”. (Gen 12,1)

El pobre se da cuenta de que depende totalmente de Dios. Tiene el sentido de su limitación humana. En el fondo, cada hombre tal vez sin saberlo es un pobre. Sólo aquel que conoce y reconoce su debilidad y pequeñez ante Dios, pone toda su confianza en Él, espera todo de Él, busca su protección poderosa. En esa actitud de pobreza espiritual se vacía de sí mismo. Y porque está abierto y disponible para Dios, hay lugar para la acción divina.

Es lo que nos promete el profeta Sofonías: “Yo dejaré en medio de ti un pueblo pobre y humilde, y ese resto de Israel pondrá su confianza en el nombre del Señor”.

LOS POBRES SON EVANGELIZADOS

Mientras el mensaje de Jesús no llegue a todos los hombres, mientras el mundo siga sordo para escuchar sus palabras, mientras siga ciego para ver la miseria de los pueblos, mientras el mundo esté muerto al amor, Jesús seguirá siendo el intruso que viene a incordiar la vida tranquila y plácida de algunos, con su palabra y sus gestos sanadores.

Mientras la Iglesia, los creyentes, no hagamos una opción “descarada” por los más pobres, el mensaje de Jesús será letra muerta, evangelio congelado, utopía ilusionista. Sólo `para unos pocos, los menos, sus palabras serán vida, compromiso, servicio y entrega.

Las palabras de Jesús, citando a Isaías, son, de alguna forma, la medida y la garantía de que estamos en el camino del evangelio, es decir, del plan de Dios, del seguimiento de Cristo, de la realización del Reino. De lo contrario, el mundo, la Iglesia, nosotros, estaremos dando palos de ciego, jugando a no sé qué que nos conduce a la esterilidad en la misión. Estaremos creando nuestro propio evangelio, que nada tiene que ver con el de Jesús.

Cuando la Iglesia, todos los que decimos estar siguiendo los pasos de Cristo, seamos capaces de estar cerca de los desvalidos, de los pobres, entonces estaremos, también, cerca de Jesús de Nazaret. De lo contrario, seremos grandes marionetas, moviéndonos al ritmo que marquen las ideologías, los gustos y los intereses creados; pero fuera del verdadero plan de Dios que Cristo nos mostró.

El hombre pobre es, ante todo, una persona, un ser humano (hombre y mujer) con todos sus derechos. Con los Derechos Humanos asumidos y la Palabra de Dios en el corazón, reconocemos que toda persona es hijo de Dios y tiene un derecho inviolable a ser tratado como tal, con la dignidad y el respeto que se merece todo hijo de Dios, que ha sido creado a imagen y semejanza suya. Con esto, asumimos que la clave central del acercamiento al hermano está en valorar su dignidad y, desde esta situación de iguales (igual Hijo de Dios iguales derechos), relacionarse con el otro.

Este tipo de relación con el empobrecido cambia el posicionamiento del evangelizador o del servidor de los pobres porque, en este contexto, el otro adquiere un lugar en su vida y en su corazón; es una persona concreta, con rostro y nombre propio, hasta con apodo, y rodeado de circunstancias muy concretas que lo hacen ser de una forma única e irrepetible y estar en esa situación, también única e irrepetible. Cuando esto sucede, es cuando el otro, el hermano al que servimos, entra en nuestra vida, en nuestro corazón, y podemos hacer nuestras sus alegrías y sus penas y, en esta relación de igualdad, surge el compartir también de la propia vida con el otro... es decir al tiempo que evangelizamos somos también evangelizados.

https://youtu.be/D1Zu8LqVl9g